Alberto ve por la ventanilla y se emociona cuando los primeros atisbos de luz se filtran directamente hacia su rostro. Animado, se gira para mirar al Otro, quien está de cuclillas y recuesta su espalda contra la puerta.
—¿Qué hay para comer hoy? —le pregunta Alberto.
—Lo de siempre, aunque no hay mucho.
Alberto azota sus palmas contra la pared.
—No escucho nada, ni sus patitas —susurra, pero el Otro, en su perpetua indiferencia, no le hace caso.
Una vez le dijo aquel, el indiferente: si no me lo dices en voz más alta es que no lo deseas; por eso no se lo repite en voz más alta.
—Me parece que nos falta comida —rompe el silencio el Otro—, pero no sé, está raro, siento que a mí me falta apetito.
¿Cómo no?, quiso decirle, te las terminaste todas, hasta las que tenían huevos, te hubieras esperado, no hay prisa; tiempo es lo que nos sobra y no tenemos pendientes que nos involucren más allá de aquí.
—Estamos solos, como quisimos —es lo que sí le dice.
Cuando se independizó, rentó un cuarto que tenía un par de ventanales de extremo a extremo y dejaban entrar demasiado sol, su mente no podía fingir la noche, aunque se tapara de pies a cabeza con la cobija. Cuando se hartó de esa luz buscó en los grupos de Facebook y no encontró nada accesible cerca del centro. Si sus papás no tuvieran problema, se habría regresado con ellos, pero seguían enojados porque se fue de la casa. Si sales, ya no entras, le advirtieron.
Y bien cumplieron su advertencia porque, en cuanto se las vio difíciles, las puertas del lugar en el que creció estaban cerradas. El cariño de sus padres igual que las puertas de su infancia. No lo bloquearon, pero le clavaban el visto siempre; dejó de tratar de comunicarse con ellos y prefirió olvidarlos por su propio bien. Una de sus tantas pesadillas estaba ambientada en esa casa de la infancia y sucedía lo mismo siempre: que no podía salir, y si es que lo intentaba, alguien lo jalaba del pie; prefería no ver hacia abajo, con el temor de encontrarse con uno de esos personajes de las películas de terror que siempre veía.
Uno de los lugares que pasó a ver fue un cuarto de dimensiones ridículas, de esos baños que desmantelan para hacerlos “habitables”, con apenas una ventanilla alta para la ventilación, pero tenía un precio que se ajustaba a su presupuesto y lo necesitaba urgentemente. Tenía prohibidas las mascotas y nada de visitas, Alberto podía cumplir con esas reglas sin ningún inconveniente.
El cuarto estaba donde el pasillo terminaba, le sucedían tres cuartos más hacia la entrada: nunca se topó con sus roomies. Durante el tiempo que vivió allí, veía a Mariana, a quien conoció en su último trabajo como repartidor; ella trabajaba en el mostrador de una floristería y se le hizo bonita, le hizo la plática y ella aceptó verlo de vez en cuando.
La primera vez que pisó un espacio parecido a este, al de ahora, fue en un estado de duermevela. Supuso que tenía así de sueño por la falta de vitamina D y era común que se durmiera y despertara continuamente. Esa vez, cuando se quedó en el medio, deambulaba en un tianguis que solía instalarse los lunes por la noche en la colonia donde vivió su infancia, su mente lo recreó escasamente, por lo que solo había unos cinco puestos dispersos en una explanada que se colmaba, en el mundo real, con más de cien negocios. De otro modo, más sano él, el tianguis onírico se extendería maravillosamente de forma inconcebible. Se encontró con una señora que vendía juguetes baratos, y ella le contó algo, como si él le hubiese hecho la siguiente pregunta: “¿cómo hago para dejar de no ser de ningún lado?”
La señora le sonrió, desdentada, y le habló con mucha paciencia:
—No va a ser tan fácil las primeras veces. Te vas a perder por otros caminos, pero no desesperes, tendrás que ser necio; espérate antes de levantarte, no, no, ni te levantes, entreabre los ojos y permanece aquí, no, no, medio permanece. Y así quédate, persiste en quedarte, porque corres el riesgo o de dormir para siempre, o de despertar para siempre, y si estás aquí conmigo significa que eso es lo último que quieres. Por último, imagínate este lugar, imagínatelo mucho: el exterior de un cuarto con una puerta que no vas a poder abrir pero un día se te hará. Te prometo que funciona, solo tienes que ser, como ya dije, necio. Otra cosa: una vez que estés allí, asegúrate de que nadie te espere para que no tengas necesidad de volver.
Lo intentó un par de veces y nunca se perdió como ella dijo, más bien, siempre le daba parálisis de sueño y desistió, porque las sombras se espesaban en las esquinas del cuarto. Prefería estar despierto en la casa de Mariana.
—No podemos vivir tanto tiempo sin sol —lo reprendió Mariana la penúltima vez que la vio en carne y hueso—, fíjate que vi una película en donde, ya ves, había una mujer que no estuvo expuesta a la luz solar por años, o por toda su vida, eso no lo entendí muy bien. El chiste es que se volvió como salvaje por eso, ni hablaba, porque también la aislaron del mundo, apenas era persona; no recuerdo si se justificaba bien o no sé si fue decisión creativa para darle ese tonito a la película, ya ves, un tonito de solemnidad, ¿será la palabra solemnidad?
—Como de…—quiso iniciar Alberto.
—Como si…
—Bueno, como para que se mostrara que la película tiene ese semblante poético, ¿será poético? O para que le buscaran tres pies al gato…
—No, no, pero yo siento que sí había tres pies qué buscarle al gato. Había un algo, lo sé porque me hizo sentir cosas, yo creo que ese algo estaba en la ambientación, como si no supieras en dónde estás parado, pero estás ahí desde hace mucho.
—Mucha mamada, pues.
—Ay, Alberto.
La exasperación de Mariana lo llevó, urgente, a su propia casa, donde se forzó a dormir. Atisbó el pomo de una puerta: en el medio sueño la puerta era distinta, no era la de hierro (oxidada en las esquinas) de su cuarto barato, era una puerta de madera con el pomo dorado. Luego de ese primer vistazo, la vio otras tres veces: volvió a ver la puerta, luego, fue un cuarto más amplio y, la tercera vez, se materializó una ventanilla más grande a la que veía despierto. Cuando vio cómo se asomó el sol, eligió vivir aquí, desechó la eterna penumbra que le aguardaba siempre después del trabajo; ya fuera día o noche, la siempre penumbra.
—Mira, Alberto, es algo que te puede gustar —señala su siempre indiferente compañero. Aunque Alberto ya había notado la cucaracha, agradece el señalamiento. Al inicio, cuando lo conoció, hasta le decía “Beto”, luego se fue alejando, como si se hiciera transparente, se desentendió de quien lo rodeara, dígase Alberto—, ahí te va —le repite.
Alberto tiene las manos paralizadas.
“Es que eres pendejo”, parece que escucha la voz de Mariana y flexiona los dedos, “quieres que hagan todo por ti”. Mariana no está aquí, son sus reminiscencias.
Entonces, con un poco más de esfuerzo muscular, alcanza lo que le avisó su compañero y se lo lleva a la boca apenas la captura; es crujiente y mastica unos segundos hasta que la traga. Hace mucho que les perdió el asco, además, todo esto es por un bien mayor.
—Hoy no vayas más allá del pasillo —advierte su compañero—, quédate acá y no hagas mucho ruido. Luego no puedes callarte tantito y lo que menos quieres, quiero, es que seamos más, o que nos vean.
Alberto guarda silencio como se le indica. Se afianza en su esquina y recuerda uno de sus tantos mantras: “soy más de lo que dices soy”. Apenas y son conocidos, ¡y eso!, porque el otro no le había dado ni su nombre ni su apodo ni nada y una vez le informó: no me hables más de lo necesario, yo me voy antes que tú.
Le da la razón al Otro, poco le concierne compartir sus pensamientos si en cualquier momento van a separarse. Alberto tiene sus cosas, sus razones y el otro tiene, respectivamente, sus cosas y sus razones. Sin embargo, tampoco es muy congruente con lo que piensa y dice, así que se arriesga a preguntar:
—¿Cómo dijiste que te llamabas? Un decir, porque nunca me dijiste, claro.
—Carlos —el no tan dichoso Carlos responde y le sorprende gratamente.
—Bueno, Carlos, gracias por el consejo, pero yo hago lo que se me cante.
—¿Y a mí qué me importa? —Su indiferencia, la de Carlos, se siente reconfortante.
Mariana no se movió de la puerta. La abrió casi de inmediato cuando Alberto tocó el timbre, pero se quedó ahí, siendo puerta. Incluso si él estaba a nada de arrodillarse, Mariana permaneció puerta.
—Me vale que estés desvelado, que te falte el sol o que veas “sombras”, ¿qué otra cosa vas a ver sino sombras? Lo que te digo es que no puedes venir aquí cuando se te antoje. No me importas como tú quieres, te lo he dejado bien clarito.
—Mariana, tu presencia en mi vida es lo único que no puede dejar de ayudarme.
—Beto, no entiendo si eres pendejo o te haces. ¿Tú y yo? Nada. Nada de nada. Ya vete para tu casa, y antes de que lo digas, me vale que no te guste vivir allí, porque no es de mi incumbencia. Y no te acerques tanto.
—Mariana, por favor —las rodillas de Alberto estaban a punto de tocar el suelo, pero Mariana lo tomó por los hombros y lo empujó—. Mariana, por favor, me estoy volviendo loco, necesito pisar tierra. Por favor, Mariana, por favor.
—Lárgate, y ya te dije que no te acerques, hiedes a alcohol.
—Dame un abrazo.
—¡Vete, vete, vete!
Alberto, un poco más dócil que repuesto, giró y se fue para su casa, o su cuartito. El oscuro, el eterno sueño, cada vez fue más difícil de discernir. Con el pasar del tiempo se le hizo costumbre tener esos sueños; breves como eran, parecían transcurrir en tiempos desiguales en ambos planos, le pareció lógico cuando dejó de interactuar con el mundo exterior y se ensimismó en su yo del otro plano.
Su cuerpo se hizo pesado, relleno de cemento. Desde ahí, postrado en la cama, sentía que alguien le tomaba la mano. No era un agarre cálido, más bien tibio, tampoco era un agarre fuerte, pero por ser Alberto piedra, no podía deshacerse de esa mano insistente. Esta cabeza me tiene en estado pesadillezco, pensó en su momento.
Alberto murmura fragmentos de sus recuerdos: un atisbo de sol era lo único que necesitaba, debí apreciarlo en su momento. Aquí, con Carlos, hay un rayo de sol. A veces hay un par de cabezas que se asoman por la ventana. Lejos de eso, es un lugar perfectamente habitable.
—¿Y a mí qué me importa? —le repite Carlos.
La comida escasea de vez en cuando, pero el hambre no es indispensable, porque podrá prescindir de ella en algún momento, como le pasó a Carlos hace unos días. Carlos, qué bien que ahora pueda nombrarlo, casi nunca le presta atención porque prefiere dar vueltas por los pasillos.
En una de las primeras noches aquí trató de entablar otra conversación con Mariana, le dijo cosas como: “a mi roomie no puedo sacarle mucha información. Apenas sé, y eso porque me lo agarré vulnerable y desprevenido, que su mamá falleció de un paro, así nomás me dijo: le dio un paro y no aguanté vivir en esa casa. Y que vendió la casa, ¿tú crees?, y empezó a buscar lugar, creo que encontró un cuarto parecido al último en el que estuve, por eso estamos los dos aquí, eso me hace mucho sentido. Dijo que nunca había considerado lo del sol, pobre alma, lo importante que es el sol para la salud mental”. A lo que Mariana, siempre asertiva, le contestó:
—¿Puedes salirte de aquí, Alberto? Ya terminamos y me persigues hasta donde no deberías. ¡Salte, salte! De no ser por lo ridículo, te pondría orden de restricción.
No la volvió a visitar en sus sueños, pero después de esas palabras casi se desmorona en el suelo, como cuando era de concreto, aunque hubo una ocasión todavía peor: la última vez que se acostaron. Tumbó su peso sobre el cuerpo de ella, Alberto en plenitud, enamorado, y ella callada, con el cuerpo tenso, rellena de piedras.
—Hazte para allá, que pesas —le dijo al oído.
—Otro ratito, déjame abrazarte.
—Estás pesado.
Alberto se quitó de encima y se recostó a su lado. Quiso verla pero Mariana se abrochó el brasier y se puso la blusa, luego señaló al costado del sillón.
—Pásame mis calzones, por fa.
Se hizo el silencio por un par de segundos, mientras Mariana se subía los calzones y se arreglaba la falda.
—Qué bonita estás —le murmuró, y la abrazó enterrando la cara entre su cuello y su hombro.
—Gracias.
—No sabes lo bonita que eres, ojalá supieras.
—Sí sé, Alberto.
Mariana, Mariana, Mariana, quisiera que pusieras tu cabeza en mi hombro, incluso si no es lo que es para ti lo que es para mí. Vendrías al nuevo departamento, a mi nuevo lugar y no te quejarías de mis lamentos sobre la falta de sol. Aquí tenemos tantito, Carlos y yo, aunque Carlos ya casi se va. Quería mostrártelo la última vez, pero de allá también me bloqueaste.
Esperaba, como pasó con sus padres, no pensar más en Mariana. Primero, se iría Carlos, y luego, con algo de suerte, seguiría Alberto. Por eso empezó a rondar por los pasillos también; cuatro corredores que rodean la habitación. La puerta está cerrada, el asunto es que, en algún momento, se abrirá por sí sola para quien así lo requiera. El siguiente en la lista es Carlos, no hay tal lista, es un decir.
Ninguno de los dos sabe qué es lo que les aguarda del otro lado, pero, sea lo que sea, será mejor que cualquiera de las vidas que han tenido. Y tiene la urgencia de externárselo a Carlos, aunque el Otro se le adelanta:
—Pero de esta carencia, ¿qué hemos sacado?, ¿qué es exactamente lo que se nos ha prometido? Queremos cosas diferentes, tú y yo. Y estamos aquí, acorralados por el rayo de sol, que es lo único que nos une.
—Yo creo que es un motivo más que suficiente —responde Alberto.
—Pero, mira, más para allá, al otro lado de la ventanilla, ¿ves cómo se comportan aquellos? Como en hambre perpetua. Si nos canibalizamos, como ellos, y luego rompemos en sollozos, como ellos, ¿que pasaría?
—Pues exactamente eso que dices, no habría más.
Las cabezas de aquellos que se asoman ocasionalmente se distinguen si se alzan de puntillas y se aferran a la base de la ventanilla. Para su sorpresa, Carlos tiene más para decir.
—Beto, tú y yo tenemos que cumplir lo que debemos, lo que queremos. Ya suficiente tuvimos con estar despiertos, ¿por qué replicarlo aquí, donde decidimos estar? Se murió mamá y quise hacer lo mismo, pero soy un cobarde. Y lo de cobarde es porque pude haberme ido desde que llegaste, no te dije porque tuve miedo, nada más giro el picaporte y ya está. Pero estoy que me cago del miedo. Y no sé si a aquellos, los caníbales, les pasó lo mismo y prefirieron quedarse aquí, al filo, hasta que se les consumiera la razón y estuvieran aunados, irremediablemente, a sus instintos de supervivencia. Me dan asco pero los entiendo. Fueron como tú y yo, y no tardan en dejar de devorarse para venir por nosotros, por eso debemos actuar rápido. Los vi cuando llegué: el que podía cruzar no quiso, ya ves, por miedo, y se quedó, y a falta de comida siempre está el otro.
Y siguió, sin Alberto pedírselo: puedes ser mi comida en caso de que no quiera cruzar, o si se me ocurre salir por la ventana, como las cucarachas, y por si no te es obvio, si es que decido cruzar, a ti te pasará lo mismo si llega otro. Cierto, que no te he contado: fue mi madre la que me dijo, entre sueños, cómo llegar acá. De viva no quería que la dejara, nunca estuvo satisfecha, siempre estaba enojada, y sin ella saberlo, me odiaba tanto, pero tanto, que resentí su odio hasta después. Se paraba al filo de mi cama y se carcajeaba porque le hice creer que eso me hacía feliz; se lo afirmé por lo enferma, para que se fuera sin ningún disgusto, por eso le dije, en sus últimos días, que su risa era mi alegría. Cuando le grité que se callara me percibió con su mirada larga y muerta. Siempre tenía la boca abierta, como cuando te quedas dormido y te relajas de más; monstruosa, terrible. Tuve miedo y le pedí que me dejara en paz. Y ella me contestó:
—Quédate en el entreabierto y persiste, no desistas, no despiertes y no duermas. Llegarás a un lugar distinto. No sabría decirte cómo es porque estoy muerta, por eso no puedo inventarte escenarios. No sé si es bueno o malo, no sé si te hará daño o no, solo sé que puedes llegar como te dije. Ten en cuenta de que si no vas para allá nunca dejarás de verme, mi niño.
Esa noche, apenas me sentenció, se evaporó en el aire de la habitación. Luego desperté contrariado, porque todo lo demás, después de dormido, me pareció nimio. Mi luto es eterno, por eso me acomido a la incertidumbre; prefiero tratar de averiguar (o no) qué hay tras la puerta, prefiero eso a verla a ella al filo de mi cama cada noche con la mandíbula desencajada, y así de muerta. ¿Sabes cómo se mira una persona muerta?
—Una vez vi a mi abuelita en el ataúd —dice Alberto y deja salir todo el aire que había estado reteniendo.
—Así, pero con los ojos siempre abiertos y la boca sin coser.
—No será lo mismo a verla maquillada en el ataúd.
—Pues no. Y eso es lo espantoso, no sé qué hubiera sido lo peor para mí. Por eso quiero cruzar la puerta; ya sea que resulte ser el infierno u otro limbo, un lugar en donde no se me aparezca más es mejor para mí.
—Lo de la incertidumbre… ¿Importa mi tipo de duelo?
—No sé, Beto.
—A mis papás no les importo y a Mariana menos. No sé qué veré tras la puerta.
—Era cosa de prestar atención en la duermevela, o no sé.
—Nomás quise visitar a Mariana y me alejó definitivamente.
—Tendrás tus prioridades —se alejó de la conversación con tono tajante—. Beto, tomé mi decisión. Te vas a quedar aquí solo, no me despido de abrazo, porque dudo mucho que hubiéramos sido amigos allá afuera. Además, nuestros duelos, nada que ver uno con el otro. Eso sí, por si te sirve: no eres más que un hablador.
—Soy hablador, es cierto, no hay nadie más hablador que yo. Y esperaste hasta este momento para decírmelo y así no escuchar cuán más hablador puedo ser en confianza. Pero está bien, Carlos, vete con cuidado, aquí me las arreglo.
Carlos ya no lo mira. Está frente a la puerta y gira la perilla; del otro lado, Alberto alcanza a distinguir la mera oscuridad. Carlos entra y se hace uno con ella, tras él se cierra la puerta y la perilla gira para no dejar entrar a Alberto.
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| María José Escobar (Querétaro, México, 1998). Escritora. Licenciada en Letras Hispánicas. Ha publicado cuento y minificción en Revista Alcantarilla, Enpoli, After The Storm, Especulativas, Cósmica Fanzine, Carcaj, Periódico Poético, Página Salmón e Irradiación. Beneficiaria del PECDA en 2024. Sus intereses y temas se centran en la escritura de narrativa especulativa y la exploración de la autoficción. |
